A lo largo y ancho de la historia, la comunicación  en todas sus expresiones ha sido pieza clave, no sólo para la supervivencia de la especie humana, sino también, para la convivencia entre ellos y con todo el entorno que les rodea. Este “Santo Grial” de la evolución histórica, ha significado una larga búsqueda, “el encuentro del hombre en el hombre mismo” y, por supuesto, con  su inefable naturaleza, como en su tiempo lo pensaran los escritores (ambos prisioneros de su época), el ruso Fiódor Dostoyevski y el mexicano José Revueltas, quienes plasmaron su pensamiento en el lenguaje escrito, convirtiendo  éste en poderosas obras de arte para la literatura, pero sobre todo, en objetos de estudio lingüístico y gramatical.

La lingüística y la gramática son ciencias que estudian el lenguaje, cuál es su estructura, cómo se adquiere, cómo se usa, etcétera. Porque, aunque a menudo pensamos que el lenguaje es únicamente un simple instrumento de comunicación entre las personas, esta comunicación es muy compleja en sí misma y, externamente, puede hacerse de formas muy variadas.

La lingüística y la gramática intentan responder de modo científico a todas estas cuestiones.

Tendemos a considerar el lenguaje como algo que nos es familiar desde la infancia de un mundo irreflexivo. Existen también todo tipo de prejuicios sociales y políticos asociados al lenguaje: no todos nos expresamos del mismo modo, ni hablamos igual con nuestros amigos o compañeros que con nuestros profesores. Por otro lado, la lengua se considera la expresión por excelencia de la cultura y del espíritu de la comunidad de hablantes, lo que nos puede llevar considerar la propia como la más importante. Las ciencias lingüísticas se liberan de estos prejuicios para realizar un estudio sistemático y objetivo de las lenguas.

El lenguaje se nos revela como unos de los datos más significativos que nos permite investigar al ser humano y es una base idónea para formular hipótesis sobre ciertas características de la mente humana.

No obstante, el léxico de una lengua cambia y aumenta con el paso del tiempo. El diccionario de la Real Academia en su edición de 1984 tenía 75, 000 palabras; la edición de 1992 alcanza la cifra de 83, 500, y en la edición de 2001 se recogían ya 88, 500 voces. Este aumento del vocabulario se debe por un lado a la inclusión de términos de nueva creación (nuevas herramientas, tecnologías, etc.) y, por otro, a la formación de nuevas palabras que, en español puede realizarse por derivación, por composición o por parasíntesis.

De modo que existen varios tipos de palabras: Palabras primitivas o simples, que son aquellas en las que el lexema aparece solo, sin morfemas que los modifiquen. Por lo tanto, en este caso, la palabra coincide con el lexema, que se toma como base para formar otras; por ejemplo: sol es una palabra simple que coincide con el lexema de soleado, o molde, que sirve de base para formar amoldar.

Y por otro lado: Palabras derivadas, formadas por un lexema más un morfema  derivativo situado delante, detrás o en ambos lados, que modifica o matiza su significado, como el ejemplo, mencionado anteriormente, en que hay: un lexema sol- y un morfema –ado.

No sabemos con precisión lo que sucederá con el lenguaje en el transitar de los años en los próximos siglos; sin embargo, lo que sí podemos vislumbrar de una manera clara, es que seguirá, al paso en el que vamos, en una constante evolución aunada  a la globalización, a los avances científicos y tecnológicos que surjan en el porvenir del mundo.

Sobre El Autor

Un bibliópata, amante de la filosofía, la literatura y la poesía.

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