En 2013 México pasa por un proceso  que lleva a la nación a “adaptarse” a los cánones de la modernidad, la cual deviene de una agenda neo-liberal implementada desde el sexenio  de Miguel de la Madrid, que permanece hasta ahora preservando el modelo con una serie de reformas de estructura nacional. A partir de este modelo el estado mexicano se despoja automáticamente de ciertas responsabilidades que si bien son de índole económica para estabilizar el bienestar nacional, algunas de estas son también de carácter inherente a la sociedad en las formas de organización, cultura e ideología.

 

Estas reformas estructurales que por ahora se han manifestado en el discurso político oficial como un progreso para el país, nos dejan en una problemática casi existencial: rechazo o adaptación; Por supuesto esta lógica depende mucho de la perspectiva de las capas sociales. Es decir, la existencia de una problemática como la mencionada es ya un hecho de que el Estado, nos deja desprovistos de una seguridad que se supone fuera precedida por su fortaleza, por su anchura, por su régimen de alimentación basado en aquellas empresas que calificarían de productoras de energía, para el cuerpo Estatal.

Sin embargo para estas fechas el nivel de conciencia social alcanzado, se ha atomizado en una especie de forma revolucionaria,  y un tanto siniestra, combinación, que pudiendo ser desfavorable para una incipiente vía alterna de organización social ya sea por la conquista de los carteles de narcotráfico o por las consecuencias inmediatas del súbito experimento, ahora extiende la percepción de un Estado fallido; que inicia con la ineficiencia gubernamental y acaba con la autodeterminación de las comunidades, en una última privatización, a la cual las personas se han visto obligadas a apropiarse, por necesidad, por seguridad o por desesperación, “la privatización de las privatizaciones” la de la violencia, la que ya no requiere de ser valorada por lo que es “legitimo”, la que se avala por si sola, la que reconoce su propio mérito.

El Estado ahora deja un margen al ciudadano, la posición a la defensiva, contrarrestar cualquier intento por abusar de su situación natural, de vivienda, de su falta de recursos, de los pocos que ha adquirido, de los que esta por perder, de los que solo defiende. Se regresa a la faz del interés común, en las redes sociales, en la calle, en las armas, en el trabajo, en la educación, en la tierra, toda soberanía se nos vuelve como si nunca hubiera estado en la constitución, por que en nosotros reside, y el Estado la regurgita, la entrega, la vende como alimento, y finalmente es una pelea de hambre en el restaurante donde este come, entre quienes la quieren desde fuera y quienes la quieren desde adentro.

 

 

 

 

Sobre El Autor

Politólogo, nulo de religión.

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