Su muerte no es algo que debamos lamentar los amantes del flamenco, ni tampoco los músicos o artistas en general, sino el mundo entero. Paco de Lucía aportó a la música universal y específicamente al flamenco, lo que aportó el Che Guevara a la Revolución Cubana, Nelson Mandela a Sudáfrica, Juan Belmonte y Manolete al toreo, Octavio Paz a la literatura mexicana, Rembrandt a la pintura de retrato y Renoir al impresionismo, Steve Jobs a la tecnología y el Chapo al narcotráfico.

Mi padre fue quien me dio la noticia, mientras íbamos camino a mi universidad en el coche. Yo traía en mente otro problema desde que me levanté, pero la “mala nueva” pasó a ser información de mayor prioridad por el resto del día y probablemente de la semana. Ya en la escuela lo primero que hice fue entrar a la página de El País, y en primera plana estaba la noticia: “Muere Paco de Lucía”. En ese mismo periódico había siete textos de distintos géneros periodísticos relacionados con el guitarrista español y en una hora, ya habían aumentado. Al teclear su nombre en Google, distintos medios en inglés, incluyendo The Times, anunciaban el mismo acontecimiento.”¡Qué horror, no me lo puedo creer!”, fue la expresión de Curro Romero, el torero de Camas. La presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, lamentó que  “se nos ha ido un genio con mayúsculas, uno de esos creadores contados, en el que solo cabe la unanimidad”. La Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) tuiteó que “el flamenco pierde a un referente, a un mago, a un innovador. Un duro golpe para el flamenco, para la música, para la cultura”. Javier Limón, cercano amigo del artista publicó en una columna del El País que todos los flamencos amanecieron “este día tan gris huérfanos del faro que nos indicaba el camino”. “No habrá nadie igual en 200 años”, fue lo que dijo el cantaor José Mercé, y la cita que apareció como título en uno de los textos de El País. Yo, una mexicana de 19 años que hace un par de años que vive cerca del flamenco y que gracias a su madre escucha a Paco de Lucía desde que tiene memoria, puedo decir que no tuve el enorme honor de conocerlo más allá de sus discos, entrevistas, textos y aquel concierto hace poco más de cuatro meses; pero alguien tan grande artísticamente, que transmite tanto, que parece ocultar en sus manos una magia inexplicable, debió haber sido también un hombre de una grandeza humana indiscutible. Artistas, políticos y ciudadanos sienten la pérdida de un ser humano que dio mucho al mundo, a sus seres más cercanos pero también a completos desconocidos.

Para mí escucharlo en vivo fue de las mejores experiencias de la vida, está incluso dentro de mi “top 5” de la lista. De no haber aprovechado esa oportunidad, yo habría muerto sin ver al genio andaluz en concierto. Días después del evento redacté una crónica. Comparto aquí algunos fragmentos del texto.

Una nota del periódico El Economista tenía como cabeza “Paco de Lucía y su septeto no dieron concierto sino ritual”, y es que la presentación de esta figura del flamenco acompañado de excelentes músicos, fue para muchos una de las experiencias más impresionantes de su vida.
Nunca había esperado con tantas ansias un concierto. La importancia de Paco de Lucía en el flamenco es fácil de explicar si lo resumimos a mencionar los premios que le han otorgado gracias a su gran trayectoria musical. Sin embargo, después de presenciar su concierto, me atrevo a decir que es prácticamente inexplicable lo que representa este personaje en el mundo no solo del flamenco, sino de la música en general.
De origen, familia y esencia española, Paco de Lucía nació en la década de los 40 en Algeciras, Cádiz. Creció en un entorno donde el flamenco era parte esencial de cada día. Como él mismo lo describe en su DVD “Paco de Lucía, Francisco Sánchez”, sus padres formaron parte esencial en lo que futuramente haría Francisco de su vida: “Mi padre, Antonio Sánchez fue el patriarca, la razón, el productor, sin mi padre yo no hubiera sido guitarrista. Él era un hombre que se buscaba la vida con la guitarra, en las juergas. (…) Mi madre cada noche nos cantaba una nana que nos llenaba los ojos de lágrimas a todos los hermanos.” A los trece años Paco ya había viajado a Norteamérica para tocar con la Compañía de Ballet clásico español.
Años después conoció al que sería por mucho tiempo su principal pareja artística: el cantaor Camarón de la Isla, quien posiblemente representa en el cante, lo que Paco representa en la guitarra. Este par de músicos dejaron una huella imborrable en la historia del flamenco.
Su personalidad musical y humana ha sido el motivo de recibir nombramientos oficiales como el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2004), el segundo Grammy Latino (2012) y el galardón al mejor álbum de música flamenca en 2010, además de ser catalogado de boca en boca entre los amantes del flamenco como el mejor guitarrista de la historia.
El sábado 19 de octubre (2012), por primera vez en mucho tiempo, muchos mexicanos tuvimos la dicha de poder, al fin, escucharlo en vivo.
(…) El auditorio se mostraba poblado, aunque no repleto. Se escuchó de pronto una voz anunciando la tan esperada tercera llamada. Las luces se apagan. El telón se abre.
Un escenario sencillo. Siete sillas colocadas en forma de medialuna, un cuadrado de madera al centro de ellas. Al fondo, un “muro” de plantas sin más color que el verde daba un aire de vitalidad y frescura. De izquierda a derecha: un lugar con instrumentos de percusión, el segundo con un bajo eléctrico sobre su base, el tercero tenía un teclado. De derecha a izquierda: tres sillas, cada una con un micrófono a la altura de la boca de quien estaría sentado, y otro a la altura de las manos; junto de estas tres, una silla más con una guitarra colocada sobre su base. Esos seis serían los lugares ocupados por Septeto.
La silla central, finalmente, era la única ocupada y la primera en asomarse a la hora de que el telón comenzara a abrirse. Una única luz alumbraba ese lugar central. Un hombre con pantalón, chaleco y zapatos negros, y camisa blanca, ya tocaba las cuerdas de su guitarra. Sus más de seis décadas de vida mostraban evidencia en una cabeza de marcadas entradas de calvicie, y algunas canas en su cabello suelto que rozaba su hombro. Durante el sonido de las primeras notas, a mí ya se me había enchinado todo el cuerpo, y desde el público de las filas delanteras se escuchó a alguien gritar “¡Leyenda!”.
A pesar de estar sentada a una distancia considerable del escenario, era fácil distinguir que Paco movía relajadamente sus manos, mirando hacia arriba  pero con los ojos cerrados, como si del cielo le cayera la inspiración y no fuera necesidad mirar qué cuerdas tocaban sus dedos, y una discreta sonrisa enmarcada por una barba corta y canosa, mostrando la felicidad y plenitud que el flamenco le daba. Fue un solo de guitarra que mantuvo absorto al público entero, no se escuchaba más que la dulce melodía del instrumento de cuerdas más flamenco. Sus manos producían sonidos más claros que el agua cristalina. Tal vez la acústica del lugar era muy buena, pero estoy segura que la maestría de sus manos era lo que dejaba escuchar hasta el deslizamiento de sus dedos por el brazo de la guitarra.

Entre tanta violencia en Venezuela y Ucrania, y la captura del capo más buscado, la noticia de la muerte del guitarrista es triste y sin duda trascendente, pero no del todo trágica. Paco se va, pero las cuerdas de su guitarra dejan huellas imborrables. Pienso que alguien que vive tan cerca al flamenco y sobre todo en la magnitud en el que él lo vivió por su genialidad como músico, difícilmente pudo haber sido infeliz. Si a mí el flamenco me ha dado tanto, ¡qué no le habrá dado al Maestro! El flamenco no suele ser un mundo de glamour y farándula, sino el mundo de un arte muy profundo histórica, musical, social y emocionalmente. Estoy segura que murió en paz y satisfecho. Como su familia expresó en un comunicado, “queremos compartir con todos ustedes un abrazo y una lágrima pero también nuestra convicción de que Paco vivió como quiso y murió jugando con sus hijos al lado del mar. La vida nos lo prestó unos maravillosos años en los que llenó este mundo de belleza y ahora se lo lleva. Gracias por tanto… y buen viaje amado nuestro”. Además descansará en el antiguo cementerio de la ciudad de Algeciras, tal y como era su deseo. Murió joven, sí. Tenía aún planes para su carrera pero, sin nadie esperarlo, “llegó su hora”. Después de 22 años podrá al fin reunirse con su compañero de fiesta, trabajo y vida, Camarón de la Isla, y con muchos otros gigantes del arte. No me cabe duda alguna de que esta noche habrá juerga en el cielo.

 

Les recomiendo que lean el poema Juerga en el cielo de Manuel Benítez que, aunque fue escrito a otro guitarrista, me gusta pensar que lo mismo sucederá hoy. Pueden leerlo aquí: http://trianarts.com/manuel-benitez-carrasco-juerga-en-el-cielo/

Sobre El Autor

Escritora autovalidada y estudiante universitaria. Amante de las artes, el flamenco, el mundo ecuestre y taurino, y la multiculturalidad. Uno de mis tantos sueños es cargar a un chimpancé, si alguien tiene alguna manera de hacerlo ¡póngase en contacto conmigo!

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.