¡Ah, febrero! Segundo mes del año. El mes más corto. El mes de amores que te sorprenden. Y es que no hay nada que te sorprenda más que el recordar que ha llegado la temporada en que los tamales tocan a la puerta de tu casa. Honestamente, creo que no hay mejor romance que el que llega en forma de calorías mexicanas.

El tamal, de acuerdo a la Real Enciclopedia que me Acabo de Inventar (REAI), es un platillo típico mexicano hecho de masa de maíz y relleno literalmente con lo que se le ocurra al cocinero en turno (no literalmente, pero para que se entienda la variedad de sabores asumiremos que sí).

Este manjar de dioses está disponible posiblemente todos los días del año en lo que podrían ser, por lo menos, las esquinas de los zócalos de cada ciudad de la república mexicana. Sin embargo, es en febrero cuando este platillo tiene un no-sé-qué (bueno… sí sé) que la gente tiende a hacer fila con la tamalera de su preferencia.

Es el dos de febrero, Día de la Candelaria (así es, “Candelaria”, de “candel”, que de acuerdo a la REAI es “vela” en inglés mal-escrito), el día en el que los mexicanos que comieron la rosca de reyes (aunque la verdad sólo querían comerse las partes con azúcar porque las demás partes con frutas no están tan buenas) y encontraron al niño blanco y desnudillo, se ven obligados a comprarles tamales a todos sus amigos o familiares gandallas que no permitieron que se les olvidara la “deuda tamalera”.

Así entonces, los mexicanos abren su apetito por segunda ocasión del año (siendo la primera la de la rosca) y se reúnen nuevamente para tener un romance íntimo y pasional con los tamales.

Por ello, yo sigo creyendo que febrero sí es el mes del amor. Y no lo digo por todos los corazones y flores que, sin razón alguna, empiezan a asediarnos lentamente hasta dejarnos caer en un coma diabético y contraer caries en cada diente por tanta dulzura que nos rodea en estas fechas. Lo digo porque, a mi parecer, el mexicano encuentra su primer amor en su comida.

Para nosotros los mexicanos (o al menos para mí, un ser humano incapaz de dejar de comer), la comida es nuestro primer amor. La conocemos durante nuestra primera infancia, está en los buenos y en los malos momentos, y nos acompaña y reconforta cuando más lo necesitamos. Por eso no es sorprendente saber que cada estado de México tiene su propia comida típica. ¡Vaya! ¡Posiblemente cada estado tenga su propio tamal!

Así que este mes de mercadotecnia, de festejos impuestos y presión social, caigamos un poco en el cliché, pero a nuestra muy mexicana manera. Dejémonos enamorar… pero por los tamales.

Sobre El Autor

Probablemente la persona más ñoña de la vida. Fiel creedor de que las moscas ven el futuro y los moscos viajan en hoyos negros.

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