¿Por qué la filosofía debe convertirse en un servicio público?

 

Es una pregunta interesante, ya que la sociedad en este momento necesita agudizar el  proceso de reflexión sobre lo que pasa,  sobre lo que hace, sobre lo que piensa y también sobre lo que dice.  Si no, sin duda alguna,  podría perderse con suma facilidad el control, y el ya de por sí  frágil rumbo social.

 

En estos tiempos, el colectivo cuenta con demasiada información en un mundo donde todo pasa muy deprisa; un mundo que vive bajo el yugo de todo tipo de presiones, y donde se utilizan pocos argumentos válidos para defender un tema; donde todo, o al menos casi todo, se da por sentado, desprendiéndonos, de esta forma de nuestras responsabilidades dejándolo todo en un mero azar apocalíptico. Actualmente escuchamos a diario en forma excesiva una “ola” de clips publicitarios, slogans políticos o frases hechas que buscan un efecto emocional en las personas a través de las palabras; resultando esto no sólo muy malo, sino también demasiado peligroso, siendo que el poder oculto detrás del lenguaje es enorme, muchas veces inimaginable, por  lo que el resultado puede ser catastrófico si no se le da la importancia que merece. Muchas veces esta catástrofe se traduce: en atroces guerras que arrasan todo a su paso; combates absurdos que terminan en brutales genocidios, opresión de masas, esclavismo y “eternas” dictaduras.

 

Es por ello que la ciudadanía  actual (sin excepción alguna) requiere para un progreso más óptimo, echar un vistazo hacia algunas de las grandes creaciones de la inteligencia como la  bondad, la compasión, o las artes, que resultan imprescindibles para el crecimiento interior de las personas; tenemos la obligación de desarrollar un pensamiento mucho más crítico para la vital supervivencia dentro de los diferentes escenarios caóticos y corruptibles a los que nos enfrentamos en ámbito de lo cotidiano.  Porque mientras más información poseemos, más necesario resulta ser, ya que no se logra distinguir muchas veces la información verídica, de la falsa. De manera que con esto se habla de la función sociopolítica  y ética de la filosofía,  y entonces, estamos tratando no con una actividad secundaria,  ni con una actividad individual, sino con un deber colectivo que nos compete a cada individuo como engranes fundamentales de este complejo aparato social.

 

La inteligencia humana es la  “obra maestra”  de la naturaleza, ya que nos permite no sólo admirar, disfrutar, o dictar sentencias acerca de las grandes cuestiones del mundo y el universo, dentro de una experiencia compartida; esta inteligencia también nos permite ser protagonistas o espectadores de esos cambios. Nos brinda la libertad, de ser simples parásitos  depredadores, o bien, ser mentes creadoras: los ingenieros y diseñadores de nuestros propios destinos; al grado de trasformar completamente el mundo, de ampliar los límites, para adecuarlos a nuestras necesidades y comodidades. Quizá esto suena y parece un tanto narcisista,  pero esta maleabilidad en la psique que nos caracteriza, nos da la libertad de discernir entre una buena acción o una mala acción; marca una brecha entre nosotros y las demás especies que coexisten a nuestro lado en el  mundo; pero también nos une cada vez más a ellas, que muchas veces ignoradas, se vuelven simples entes fantasmagóricos que terminan, casi siempre en su mayoría,  “pagando” una alta  factura por nuestras ambiciones ególatras. Por esta razón es importante desprendernos de los dogmas, de los tópicos, hacer a un lado los pensamientos sectarios y egoístas,  para replantear temas que por varios años  se habían dado por terminados.

 

“Conócete a ti mismo”, dice aquel aforismo  griego inscripto en pronaos del templo de Apolo en Delfos. Esta sabia sentencia y otras más,  podrían acercarnos al ideal de comprender un poco más acerca de la conducta ético-moral y el pensamiento humano,  y así modificar viejas indagatorias acerca de nuestra especie, y de cómo nuestras diferentes conductas repercuten de manera directa en nuestro ambiente externo e interno.

Ortega y Gasset decía: “Una sociedad no se constituye por acuerdo de voluntades. Al revés, todo acuerdo de voluntades presupone la existencia de una sociedad, de gentes que conviven, y el acuerdo no puede consistir sino en precisar una u otra forma de esa convivencia, de esa sociedad prexistente. La idea de sociedad como reunión contractual, por lo tanto jurídica, es el más insensato ensayo que sea ha hecho de poner la carreta delante de los bueyes.”  Probablemente, debemos analizar el papel de nuestras instituciones para saber si realmente somos la ciudadanía, quiénes decidimos el rumbo de  un Estado aparentemente democrático.

Sobre El Autor

Un bibliópata, amante de la filosofía, la literatura y la poesía.

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